lunes, 9 de enero de 2017

Nuestra Señora de la Caridad del Cobre

A unos 16 kilómetros al oeste de Santiago de Cuba, se halla situada la villa de El Cobre, fundada el año 1598. Al sur de esta región se encuentra el Santuario de Nuestra Señora de la Caridad. Cuenta la tradición que en una mañana de 1628 salieron de Barajagua a la bahía de Nipe a buscar sal, dos indígenas, de apellido Hoyos y un esclavo negro de diez años de edad. Llegados a este lugar vieron que era imposible recolectar la sal por lo agitado que estaba el mar.

Buscaron refugio y al cabo de tres días pudieron embarcarse en una canoa y dirigirse a las salinas de la costa. No hacía mucho que navegaban, cuando descubrieron sobre las olas un objeto blanco, que se imaginaron sería el cadáver de alguna ave marina. Sin embargo advirtieron con gran sorpresa que el objeto flotante era una imagen de la Virgen María colocada sobre una tabla. Tomaron la imagen depositándola en la canoa y leyeron en la tabla una inscripción que decía: "Yo soy la Virgen de la Caridad". Llevaron la Virgen en la canoa y luego de recoger la sal, volvieron a Barajagua donde ya había llegado la noticia del hallazgo. La imagen fue trasladada al altar mayor de la iglesia parroquial, donde un hombre de fe llamado Marías de Olivera ofreció dedicarse a su servicio.

La imagen de la Virgen de la Caridad es pequeña y su rostro es redondo. En el brazo izquierdo sostiene al Niño Jesús quien en una mano tiene un globo terráqueo. El 10 de mayo de 1916, el Papa Benedicto XV, la proclamó Patrona de la isla.


ORACIÓN DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LA VIRGEN DE LA CARIDAD DEL COBRE


Santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre (Santiago de Cuba)
Lunes 21 de septiembre de 2015

¡Virgen de la Caridad del Cobre,
Patrona de Cuba!
¡Dios te salve, María, llena de gracia!
Tú eres la Hija amada del Padre,
la Madre de Cristo, nuestro Dios,
el Templo vivo del Espíritu Santo.

Llevas en tu nombre, Virgen de la Caridad,
la memoria del Dios que es Amor,
el recuerdo del mandamiento nuevo de Jesús,
la evocación del Espíritu Santo:
amor derramado en nuestros corazones,
fuego de caridad
enviado en Pentecostés sobre la Iglesia,
don de la plena libertad de los hijos de Dios.

¡Bendita tú entre las mujeres
y bendito el fruto de tu vientre, Jesús!
Has venido a visitar nuestro pueblo
y has querido quedarte con nosotros
como Madre y Señora de Cuba,
a lo largo de su peregrinar
por los caminos de la historia.

Tu nombre y tu imagen están esculpidos
en la mente y en el corazón de todos los cubanos,
dentro y fuera de la Patria,
como signo de esperanza
y centro de comunión fraterna.
¡Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra!

Ruega por nosotros ante tu Hijo Jesucristo,
intercede por nosotros con tu corazón maternal,
inundado de la caridad del Espíritu.
Acrecienta nuestra fe,
aviva la esperanza, aumenta y fortalece
en nosotros el amor.

Ampara nuestras familias,
protege a los jóvenes y a los niños,
consuela a los que sufren.
Sé Madre de los fieles
y de los pastores de la Iglesia,
modelo y estrella de la nueva evangelización.

¡Madre de la reconciliación!
Reúne a tu pueblo disperso por el mundo.
Haz de la nación cubana
un hogar de hermanos y hermanas
para que este pueblo abra de par en par
su mente, su corazón y su vida a Cristo,
único Salvador y Redentor,
que vive y reina con el Padre
y el Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos.

Amén.

Nuestra Señora de Copacabana

La península de Copacabana se adentra en el lago Titicaca, acercándose a las islas del Sol y de la Luna, antiguos lugares sagrados de los Incas. Allí, a cuatro mil ocho metros sobre el nivel del mar, la Madre de Dios quiso acercarse a sus hijos para así atraerlos al verdadero Dios. Lo hizo con la mayor delicadeza y respeto. Lo hizo con el amor de Madre que busca a sus hijos mas pequeños. Su rostro tiene rasgos indígenas y es toda dulzura con su Niño en brazos, que parece caerse pero no. La Madre lo sostiene segura. El Niño es el gran regalo que la madre obsequia. Así surge el culto a la "Santísima Virgen de la Candelaria, Nuestra Señora de Copacabana". 

Es una efigie de poco mas de cuatro pies modelada enteramente en pasta de maguey y terminada en estuco. El cuerpo de la imagen está totalmente laminado en oro fino y en sus ropajes se reproducen los colores y las vestiduras propias de una princesa inca. Su forma original permanece permanentemente cubierta por hermosos mantos y trajes. Su pelo es largo sobre sus hombros. 

Fue tallada por Francisco Tito Yupanqui, descendiente del Inca Huayna Capac. Era escultor aficionado y aunque puso mucho empeño en su obra, era inexperto. Sus primeros intentos fueron rechazados uno tras otro, hasta que finalmente Dios le recompensó con poder lograr esta imagen de la Virgen que fue humildemente entronizada en una pobre iglesia de adobe y piedras el 2 de febrero de 1583, lo que hace de este santuario mariano uno de los más antiguos de las Américas.

El templo actual data de 1805 y la imagen fue coronada durante el pontificado de Pío XI. Con el paso del tiempo los fieles donaron, para adorno de la imagen, gran cantidad de valiosas joyas y el templo se llenó de regalos y tesoros. Riqueza que fue posteriormente saqueada por generales, presidentes y dictadores de turno. A pesar de ello, la "Coyeta", como la llaman los quechuas y los aimaraes; lleva al cuello, en las manos y el pecho, ricas alhajas y de sus orejas cuelgan valiosos pendientes de piedras preciosas obsequiados por sus devotos. En su mano derecha sostiene un canastillo y un bastón de mando, regalo y recuerdo de la visita que en 1669 le hizo el virrey del Perú.

La imagen original nunca sale de su santuario y para las procesiones se utiliza una copia de la misma.
Es típico del santuario, basílica desde 1949, que los que lo visitan salgan de él caminando hacia atrás, con la intención de no darle la espalda a su querida patrona.

Su fiesta originalmente se celebraba el 2 de febrero, día de la Purificación de María, y luego se ha trasladado al 5 de agosto, con liturgia propia y gran celebración popular.


ORACIÓN A NUESTRA SEÑORA DE COPACABANA


Querida Madre Nuestra Señora de Copacabana,
tú que nos amas y nos guías todos los días,
tú que eres la más bella de las Madres
a quien amo con todo mi corazón,
te pido una vez más que me ayudes a alcanzar una gracia.
Sé que me ayudarás y sé que siempre me acompañarás
hasta la hora de mi muerte.

Amén

Santo Niño del Remedio


La imagen del Santo Niño del Remedio, una de las más veneradas en la capital de España, tiene una singular historia.

El 7 de agosto de 1897, D. Pedro Martín Marrazuela, dueño de un taller de encuadernación en la calle Costanilla de los Ángeles nº 4, compró la imagen a una señora que se marchaba a Cuba y se desprendía de sus enseres. Fue un amigo de D. Pedro quien se enteró de la venta y fue en busca del piadoso encuadernador para convencerle de que comprase la imagen, estaba convencido que no había mejor lugar que la trastienda de su taller y la piedad de esa familia para acogerla. Con tales argumentos logró sacar a D. Pedro del ensimismamiento de su trabajo para ir a ver la imagen, pero, a pesar de que le encantó y deseaba tenerla en su hogar, confesó a su amigo que no tenía entonces las cien pesetas que la señora pedía por ella. Todo lo resolvió su amigo prestándole el dinero inmediatamente. De esta manera llegó la imagen del Santo Niño a la calle Costanilla de los Ángeles, muy cerca del emplazamiento de su posterior Oratorio. Con el Niño le entregaron una coronita de espinas que pendía de una mano, tres potencias de hojalata como signo de divinidad y una banda de seda de color granate bordada con hilo de oro.

D. Pedro era viudo y tenía dos hijas -camareras de la Virgen del Olvido que se veneraba en la iglesia de San Francisco el Grande-, que nada más ver la imagen del Niño se entusiasmaron con ella y la situaron en lugar privilegiado. Al día siguiente los tres pensaron en darle una advocación y acudieron en busca de consejo al rector de la cercana iglesia de Santa Catalina de los Donados. Éste estaba a punto de celebrar misa y les dijo que escribieran en varios papeles las advocaciones de su agrado y eligieran uno al azar. Regresaron al taller y lo hicieron. Anotaron en cuatro papeles cuatro advocaciones de su gusto: Del Consuelo, De la Esperanza, Del Perdón y Del Remedio. Resultó elegida la Del Remedio y, minutos después, llegó azorado el rector para pedirles que no hiciesen el sorteo porque en el momento de la Consagración sintió que debía hacerse en al altar al finalizar una misa. Ni D. Pedro ni sus hijas se atrevieron a decirle que ya estaba hecho y, al día siguiente, acudieron a misa a la iglesia de Santa Catalina de los Donados para volver a elegir la advocación según quería del rector. Y volvió a salir la advocación Del Remedio. Poco a poco se extendió por la zona la devoción al Niño y el particular oratorio, instalado en la trastienda del taller de encuadernación, se convirtió en un lugar de culto para vecinos y viandantes.

Pronto las gracias recibidas por los primeros devotos difundieron su devoción por la capital y gentes de toda clase y condición social se daban cita en el taller para rezar ante el Niño milagroso. Así, desde los madrugadores obreros hasta la más encumbrada nobleza, acudían a postrarse ante el Niño del Remedio que, día a día, con sus innumerables gracias concedidas, iba ganando el sobrenombre de “Santo”. Muy pronto llegaron al taller donaciones por los favores recibidos, tanto vestidos elaborados con ricas telas como aportaciones para su culto. Y D. Pedro, emocionado y orgulloso, fue anotando minuciosamente las gracias que le contaban los devotos de su querida imagen. Al cumplirse un año de la adquisición quiso ofrecer una novena y, además de prepararla con su acostumbrada minuciosidad, organizó un pequeño coro, solicitó un armónium e ideó la primera procesión del Santo Niño para la que encargó unas pequeñas andas para que fuesen portadas por niños. Cada día de esa primera novena rezada ante el Niño, al finalizar las oraciones, niños y adultos recitaban sentidos poemas. El noveno día, cuatro niños de diez a doce años, procesionaron la pequeña imagen por el reducido espacio del taller engalanado para tal ocasión por la familia y los amigos.

En octubre de ese año un matrimonio, cumpliendo una promesa, costeó, dentro del taller, la construcción de un oratorio más amplio que fue bendecido el 1 de enero de 1900. De tan relevante y emotivo acto fue informada la hermana del rey Alfonso XII, la infanta Isabel de Borbón, muy apreciada por los madrileños y popularmente llamada la Chata. Ella no pudo asistir pero sí lo hicieron los marqueses de Castellanos que serían grandes devotos y benefactores de su culto. Con el cariño y devoción que ponían D. Pedro y sus hijas en todo lo relacionado con la venerada imagen de su propiedad, en la Nochebuena de 1900 desprendieron al Niño de la peana donde se sostenía de pie y lo postraron en un pesebre de heno para festejar su nacimiento y poder adorarlo como en el Portal de Belén.

Por las tertulias y los mercados del centro de Madrid circulaban las numerosas gracias recibidas y la devoción al Niño del Remedio se extendió imparable. Desde que se abría el taller hasta que se cerraba era continuo el trasiego de personas de toda clase y condición social que entraban a postrarse a sus pies y daban vida a un culto que cada día era más popular. Ante el asombro de la familia, como atraídos por la fuerza de un imán, cruzaban la puerta del taller, con idéntica intención, humildes trabajadores y damas de alcurnia que se apeaban de coches conducidos por lacayos. Un buen día, a la una y media de la tarde, la propia reina Regente, María Cristina de Austria, se apeó de su coche, traspasó la puerta y, con suma devoción, se acercó a la venerada imagen para, tal y como confesó a D. Perdo y a su hija, rogar al Niño del Remedio por el bien de España. Al despedirse les pidió que ellos, que habían merecido la predilección de tenerle en su propia casa, se unieran a su petición.

Tras la muerte de D. Pedro Martín se hizo cargo del oratorio su hija Inés, que luchó por el traslado de la imagen a una Iglesia y por la creación de la Cofradía del Santo Niño del Remedio. En su testamento legó la propiedad de la imagen al marqués de Castellanos con la condición de que, a su muerte, pasara a la Cofradía. El Marqués y otros benefactores tramitaron el traslado de la imagen a un altar de la iglesia de Santa Cruz, donde siguió recibiendo el culto de sus numerosos devotos mientras buscaban una iglesia que se consagrase a su culto. El 3 de marzo de 1917 lograron su anhelo concediéndoseles el usufructo de la iglesia de Santa Catalina de los Donados, lugar muy vinculado a la historia de la imagen pues allí recibió su advocación “Del Remedio”. Cuando estuvieron terminadas las obras del altar para acoger la venerada imagen, se efectuó el traslado con una procesión que recorrió la Plaza de Santa Cruz, la Plaza Mayor, calle de las Fuentes y calle de los Donados.

Desde entonces recibe culto en esta Iglesia convertida en su Oratorio, lugar que, como antaño el taller de D. Pedro Martín, sigue siendo frecuentado por personas de toda clase social que, con un incesante entrar y salir, mantienen viva su devoción a través de los años y de las vicisitudes de la historia. Su fiesta se celebra el 13 de enero, porque entes del Concilio Vaticano II era la fecha fija del Bautismo del Señor. Los días trece de cada mes se baja de su altar para ser venerado por los cientos de personas que hacen largas colas para besar su pie.


Santo Niño de las palomitas

Egidio Zaluaga Murúa, nació en España el primero de septiembre de 1879. Años después se integró a la orden carmelita, donde adoptó el nombre de Fray Clemente de San José, éste llevó una vida ejemplar y en 1923 recibió, de manos de Josefina Larrañaga, una escultura del Niño Dios.

La figura era relativamente pequeña, medía 30 cm. de altura, y en sus manos se veían dos palomas. Fray Clemente aceptó con mucho gusto el regalo y lo acompañó durante su estadía en el Convento de Victoria, en Álava, España.

Sin embargo al padre le gustaba mucho predicar la Palabra del Señor en todos los lugares posibles; razón por la cual emprendió diferentes viajes, principalmente por la República Mexicana, donde visitó varios estados y la bella escultura siempre fue con él y era su motor para seguir adelante.

De esta forma en todos los lugares donde se quedaba, había siempre un pequeño altar, y la gente que observaba al Niño quedaba prendado de él. Los fieles le solicitaban aliviar sus penas, y El Niño Jesús de las Palomitas, (que siempre fue su nombre) escuchaba y atendía sus peticiones, es por ello que cuenta con muchos devotos en varias zonas. Esas palomitas representan principalmente a las almas de los niños a quines tanto ama Jesús precisamente por buenos y sencillos. Pero también, las almas de los adultos. "Si no se hacen como niños no entrarán al reino de los cielos". (Lc. 18,16-17). El niño aprisiona las palomitas en las manos junto a su pecho y a su corazón para mostrarnos las protección y el amor que nos prodigia. Las palomitas también nos traen a la memoria al Espíritu Santo que apareció en forma de paloma cuando Jesús fue bautizado por su pariente Juan.El año de 1973 la señora Doña Catalina padecía una grave enfermedad.

Dos religiosas clarisas, tías de la enferma, que vivían en un convento de la vecina ciudad de Zacatecas acudieron solícitas a visitar a la sobrina. Como no tenían ni oro ni plata le llevaron un regalo -milagro en potencia-, una medalla de latón en cuyo anverso aparecía la imagen del Niño de las Palomitas y en el reverso, la de la Virgen del Carmen. Más tardaron las piadosas samaritanas y serviciales religiosas en recomendar a Doña Catalina que se encomendara al Niño y le pidiera su salud, que ella en poner en práctica el providencial consejo. El resultado no se hizo esperar. Sanó la señora. Para ella y para su familia aquello no fue otra cosa que un verdadero milagro. Éste fue uno de los primeros signos, que el Niño de las Palomitas realizara en las tierras coloradas que, crónicamente sedientas, habían debido su pigmento en el altar de los mártires zacatecanos. Saboreado el milagro, Doña Catalina se apresuró a mandar hacer una imagen del Niño, en base a la medalla, para rendirle culto en el oratorio de la Virgen de Fátima. Corría el mes de Abril de 1973, cuando el escultor Don Miguel Juárez terminó la encantadora escultura que fue colocada en el oratorio el 13 de mayo de ese mismo año. El Sr. Canónigo Don Antonio Vela Godina, gran señor, -más por su espíritu que por su estatura- bendijo la sagrada imagen. El milagro de la curación de Doña Catalina fue la chispa del incendio que se propagó en múltiples y centrífugos círculos concéntricos por las rancherías y ciudades circunvecinas y luego por gran parte del país. Pronto se tuvo noticia de otros muchos y señalados favores, conseguidos por mediación del Niño; por lo que la devoción crecía y crecía gracias a la merecida fama de la milagrosa imagen. Ya por los años 1975-76 se tenía popularmente al Niño como muy milagroso. El pequeño oratorio fue recibiendo cada vez más visitantes de todos los sectores sociales. Algunos iban a dar gracias por el favor recibido. Otros, a implorar la protección y ayuda del Divino Niño. Dejaban como prueba de su gratitud y de su fe la clásica veladora, el milagro de oro o de plata, flores naturales o ratifícales.

Tacoaleche, Zacatecas es el lugar donde permanece actualmente y ahí se reúnen miles de fieles procedentes de diferentes estados de la República, y también de algunos países centroamericanos y de USA para agradecer al Niño por algún algún favor recibido y el día 7 de enero es su festejo, razón por la cual no sólo la población sino todos sus fieles están de manteles largos dando gracias a Dios por tan Divina presencia.

Las palomas que el Niño sostiene en sus manos simbolizan el amor, la fe, la paciencia y la sabiduría, sin olvidarnos de la inocencia, la pureza y la bondad que encierra a todos los hijos de Dios.



Oración al SANTO NIÑO DE LAS PALOMITAS


Oh Divino Niño Jesús de las Palomitas, Hijo del Padre, Dios y Hombre verdadero, nacido de Santa María Virgen. Nos acercamos a Ti, con humildad y confianza, a suplicarte que ejerzas tu bondad y tu misericordia en favor nuestro. Que se nos apliquen los merecimientos que nos lograste con tu vida, pasión, muerte y resurrección, para que convertidos a Ti, y a nuestros hermanos, podamos conseguir el cielo que nos tienes prometido. Y así, poder vivir felices eternamente contigo en compañía del Padre y del Espíritu Santo. Así sea


CANTO OFICIAL AL NIÑO DE LAS PALOMITAS



(Llegada a su santuario)

Oh Niño Divino de las Palomitas,
con mucho cariño te hago esta visita.

Dios Padre del cielo nos manda escucharte;
oírte queremos, Jesús, y adorarte.

Oh Niño bendito, nos perdonas siempre
cuando arrepentidos venimos a verte.

Aquí de rodillas, prometo mi Dios,
vivir nueva vida; dame tu perdón.

Condúcenos, Niño, al reino del cielo;
Verdad y Camino y Luz de los ciegos.

La Virgen y Madre del Niño Jesús
desea que me salve, cargando mi cruz.

José, fiel esposo y padre nutricio,
concédeme el gozo de hallar a tu Hijo.

Amamos al Papa y a nuestros Obispos
y a la Iglesia Santa, de quien somos hijos.


Despedida de su santuario

Nos vamos, oh Niño,
nos vamos de aquí
>con llanto y suspiros,
pero no sin Ti.

Adiós, Niño hermoso
de las Palomitas;
son lindos tus ojos,
también tus manitas.

Bendice con ellas
a los caminantes,
que dejan las huellas
de sus pies sangrantes.

Protégenos, Niño,
y a nuestras familias,
que por los caminos
hay piedras y espinas.

La paz llevaremos
a nuestros amigos,
y les contaremos
que vimos al Niño.

Queremos volver,
Jesús lindo y bueno,
que volverte a ver
será nuestro empeño.

El Niño de la Espina

El escultor peruano Antonio Olave Palomino es uno de los artesanos más conocidos del Cusco en el siglo XX. Ha viajado a numerosas exhibiciones de su trabajo más famoso: él es el creador del primer Niño Manuelito, también conocido como el Niño de la Espina.

 En 1975, representantes de la comunidad de Vilcabamba llamaron a la puerta de Olave Palomino. Le pidieron restaurar la imagen de madera de un Niño Jesús que había sido rescatada de las profundidades de un abismo. 
Luego de viajar tres días en bus y caballo, llegó al pueblo de Vilcabamba, donde se quedó una semana para trabajar tanto en la imagen como en el altar de la iglesia local.

 Durante su estadía, el artista escuchó la conmovedora historia de Q’alito, un pastorcito a quien le gustaba jugar con otros niños. Un día, un pequeño empezó a llorar porque se había clavado una espina en el pie. Cuando vio al niño llorando, Q’alito decidió clavarse una espina en su propio pie para consolar a su amigo. Le dijo: “¡No llores! ¡Yo también tengo una espina!”. Olave Palomino quedó tan impresionado con el cuento que se convirtió en su inspiración para crear a Manuelito, la imagen de un Niño Jesús con una espina en el pie en recuerdo de Q’alito. 

Rápidamente, esta imagen pasó a formar parte de la cultura de Cusco y hoy adorna la gran mayoría de Nacimientos en el Perú, tanto en las iglesias como en las casas. 

El Niño Manuelito se caracteriza por tener la tez blanca o cobriza y por sus mejillas rosadas, ojos vidriosos, dientes hechos con el cálamo de una pluma de cóndor, cabello ondulado, un paladar de espejo y, en algunos casos, finas lágrimas de cristal. Los artesanos emplean madera y arcilla para trabajar con técnicas que han trascendido generaciones. Imaginan a Manuelito en distintos humores: cansado, pensativo, alegre, con una expresión astuta y sugerente, gateando, o con los brazos abiertos.

Oración


¡Oh Niño Jesús Manuelito!

Creo en la bondad infinita de tu corazón. Remedia la necesidad en que me encuentro… (Se hace la petición).

Rece un Padre Nuestro, Ave María y Gloria al Padre.

¡Oh Niño Jesús Manuelito!

Espero en la misericordia sin límites que tienes con los que te invocan. Oye mi súplica y remedia mi necesidad.

Rece un Padre Nuestro, Ave María y Gloria el Padre.

ORACIÓN

¡Oh amadísimo Niño Jesús Manuelito!

Que dijiste: “Pedid y recibiréis”, dígnate escuchar benignamente la súplica que te hago en esta necesidad y concédeme favorablemente la gracia, que solicito, si es para mayor gloria tuya y bien de mi alma. Amén.

Santo Niño de Atocha

Según la tradición, durante la última etapa de la reconquista, cuando los cristianos de España luchaban para liberarse de los moros que habían invadido la península, el pueblo de Atocha fue tomado por los moros y muchos cristianos cayeron prisioneros. Los familiares y todo el pueblo rezó por los prisioneros ya que estos no recibían alimentos. Fue entonces que un niño vestido como peregrino de la época entró en el campamento de presos con una cesta de alimento y un jarro de agua. Los guardias le permitieron alimentar a los presos descubrieron sorprendidos que no se agotaban los alimentos de la cesta ni el agua de la jarra del niño. Ni los moros ni los cristianos conocían a aquel niño y llegaron a la conclusión que era el niño Jesús quien los visitaba. La concha que viste identifica a los peregrinos a Santiago de Compostela.


Una pequeña estatua de esta aparición del niño Dios se ha venerado en Atocha por muchos años de donde se propagó por muchas regiones, particularmente en México.




ALABANZA AL SANTO NIÑO DE ATOCHA



"Niñito de Atocha, Hijo de María, Reluciente antorcha, nuestro amparo guia.

Divino Jesus; Este dulce nombre, con tu eterna luz, ilumina el orbe.

Niñito prodigioso, Venid de Plateros, Y ampara piadoso, A estos tus hijuelos.

Venid compatriotas, Venid forasteros, Y al Niño de Atocha, Gracias tributemos.

Bienvenido seas, Niño sempiterno, Bienvenido seas, A darnos consuelo.

Agraciado Niño, Que riéndote estas, Mostrando cariño, A la cristiandad.

Con grillos estas, Pero muy contento, Los dejas y vas, A hacer tus portentos.

Al que triste hallas, Con tribulaciones, Si tu auxilio aclama, Pronto le socorres.

Médico divino, Tierno relicario, Solo a verte Niño, Van a tu Santuario.

Cuantos impedidos, Entran de rodillas, Son fieles testigos, De tus maravillas.

Los presos humildes, Te hacen petición, Y luego son libres, De dura prisión.

A los ingnorantes, Los alumbras luego, Y a los caminantes, Los libras del riesgo.

Oh, que grande dicha, Gozais Fresnilleros, Con la gran reliquia, Que se halla en Plateros.!

Permitidme, Niño, De mi corazón, Morir con auxilio, De la Extrema Unción, Adiós Niño hermoso, Adios mi querido, Niño milagroso, De ti me despido. Tu dulce memoria, Nos lleve triunfando, A tu eterna Gloria, A estarte alabando."

Nota: Los hechos milagrosos referidos en esta Novena solo merecen una fe humana, mientras que la Iglesia no de su fallo sobre ellos, según lo dispuesto por S.S. Urbano VIII.